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Forrest Gump al control remoto, probablemente políticamente incorrecto. Gente seria, abstenerse.

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Esta va a ser la primera entrada en el blog que no tiene absolutamente nada que ver con la música, y quien sabe si la última. Se refiere a una curiosa superstición o más bien a una serie de coincidencias sumamente extrañas que me han ocurrido. Nunca tuve supersticiones particulares en cuanto a tocar en público, aparte de pensar que si uno estudia, probablemente va a tocar mejor que si no estudia, lo que puede muy bien ser también una superstición, pero de algo hay que agarrarse.

Para no tenerlos más en vilo (ilusiones que uno se hace) paso a contarles. Y, como de costumbre, no estoy inventando nada, la fantasía no es mi fuerte.

 

En un tiempo, me divertía llegando a un país y encendiendo en el hotel la TV (que en esa época era enteramente local), y decidiendo que lo que aparecía iba a ser la imagen, o al menos una representación razonablemente fiel de ese país. Sí, ya sé que es una barbaridad, pero uno se divierte como puede, y tampoco me lo tomaba tan en serio. Era una especie de muestreo al azar, antropología amateur. Al fin y al cabo es lo que hace el artefacto de la NASA en Marte.

 

Recuerdo llegar a Francia y encontrar un programa fabuloso del fabuloso programa “Apostrophe”, dedicado a libros recién publicados, con una mesa redonda sobre el erotismo, donde participaba, además de los escritores recién publicados que habían escrito sobre temas eróticos, una actriz porno, que estuvo mucho más inteligente que todos los otros y las otras juntos. Pocos días después estaba viajando a Inglaterra, y ahí lo primero que encontré fue un programa de la BBC dedicado a la vida sexual de los minusválidos. Con todo mi respeto a los minusválidos, por cierto, pero ya les dije que esto era políticamente incorrecto. Me pareció que esta yuxtaposición decía algo interesante (si bien no muy científico) sobre Francia y sobre Inglaterra (no, no voy a desarrollar esto, y no, el Brexit no tiene nada que ver), y decidí que valía la pena perseverar en la costumbre, sin fanatismo.

 

No pasó mucho tiempo hasta hacer mi primer viaje a Cuba, invitado por el único, inigualable y maravilloso Leo Brouwer (que ni siquiera me conocía personalmente) al Festival de guitarra de La Habana. Era en 1992, en pleno “período especial”, y por supuesto la TV era toda rigurosamente local y en blanco y negro. Lo primero que vi fue un programa instruyendo a la gente sobre cómo criar cerdos en el fondo de su casa, y en seguida una larga y profunda discusión sobre las nuevas insignias de los “pioneros”, la organización de niños y jóvenes. Ustedes verán si eso confirma o desmiente la superstición. Pero no hay dudas que la TV cubana no se andaba con chiquitas.

 

Algo después de eso viajé a Italia, país en el que ya había estado, pero no me había preocupado mucho de ver su televisión, habiendo en general tanto que ver afuera del hotel. Así que encendí el televisor escogiendo una estación al azar. Me encontré con el programa de preguntas y respuestas más idiota que jamás he visto, que además era prácticamente imposible de seguir para un ser humano del sexo masculino en estado hormonal normal, porque las glándulas mamarias de las ayudantes eran los absolutos protagonistas, y las cámaras estaban prácticamente enterradas en los escotes, tan profundos que daban un poco de vértigo. Se trataba, claro, de una de las estaciones de Berlusconi, y ya daba la sensación de que algo no estaba del todo bien, aunque todavía don Silvio no había “bajado a la cancha” como allá le dicen a entrar en política.

 

La primera vez que viajé a Colombia, decidí probar el truco de nuevo, y me encontré con García Márquez entrevistado, contando una historia increíble, como suelen ser las cosas verdaderas por allá. La agarré apenas comenzada, y pude deducir que, cuando era reportero, lo mandaron a una población del Chocó (bien al norte, cerca de Panamá, con población predominantemente Afro) donde había habido aparentemente disturbios sociales graves. Gabo fue al aeropuerto y el piloto resultó ser un compañero de colegio. Parece que García Márquez tenía miedo de volar, y le preguntó al piloto si todo estaba bien, y si realmente sabía pilotear el avión. El piloto, que debe haber sido todavía más jodón que Gabo, le dijo “No te preocupes, Gabo, uno aprende muchas cosas en la vida”. Al final llegaron sin incidente, y se fueron a ver al corresponsal local del periódico, que les dijo: “No, muchachos (o el equivalente colombiano), nada de disturbios, discúlpenme que los hice venir. Es que acá no pasa nunca nada y uno tiene que justificar el sueldo”. Así que decidieron irse, con el fotógrafo, a entrevistar al alcalde (que estaba durmiendo la siesta en su hamaca, como corresponde al estereotipo), quien los invitó a tomarse un cafecito y un aguardiente, y les confirmó que no había ningún disturbio y nunca lo había habido. Igual se quedaron varios días, y Gabo escribió la crónica de los disturbios y de su fin. Puede ser que la memoria me traicione en partes de este relato, han pasado muchos años, pero no me van a decir que no es posible. Difícil no querer a Colombia después de eso, aunque a veces sea algo preocupante.

 

No quiero pensar lo que le puede pasar a quien llegue a Uruguay e intente hacer lo mismo, aunque me hago cargo de que mi neurosis no es necesariamente masiva. Menos mal que ya hay TV cable. Uno suspira de alivio. Se acabó lo local, viva la globalización, y ni sabremos dónde estamos cuando llegamos.

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