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  • Eduardo Fernandez

De la idea a la "idea" o un viajecito circular con incidentes


(Esto surge de un intercambio de mensajes con Fernando Maglia – a quien agradezco).

Cuando a un compositor se le ocurre, o le ocurre, una idea, en general lo que hace es anotarla, como mejor puede. Como sabemos viendo los cuadernos de apuntes de Beethoven, afinar o pulir esa idea hasta que sea un material interesante capaz de generar su propia cadena de ADN musical puede ser un proceso largo y laborioso. También hay quien lleva sus ideas en la cabeza, a riesgos de olvidarlas. Esa idea puede ser, literalmente, cualquier cosa. Puede ser una sucesión de alturas, un movimiento armónico, un ritmo, o todo eso junto; puede ser incluso una idea extramusical, puede ser una anotación que no tenga ningún sentido para otra persona que quien la hace, puede ser un dibujito o un garabato. De ahí a un borrador hay un trayecto. El borrador puede dar una idea de la forma, de cómo se va a estructurar la pieza (y eso no es “precomposición”, apenas uno mete los dedos en la máquina de picar carne que es componer, todo lo que haga es composición), o por lo menos de cómo se va a ordenar la trayectoria de la pieza. Da pistas muy valiosas, sobre todo si se mira comparando con la partitura final. Esa partitura es normalmente el resultado final de un más o menos largo y laborioso proceso de artesanado, en el transcurso del cual seguramente el compositor irá descubriendo, diferenciando y afinando más facetas de esa idea. Por fuerza va a tener que hacerlo, y suele haber más de una sorpresa (en muchos casos) en ese camino.

Ya sé que estoy generalizando, y que cada compositor o compositora tiene su propio modo de trabajar, modo que tampoco permanece necesariamente igual de una obra a otra. Hay incluso quien prefiere destruir todos los apuntes y borradores, como hacía Debussy, a quien por eso puse en la imagen inicial, mirándonos algo escépticamente. A ningún mago le gusta revelar los trucos. Pero que existían, seguro que existían.

Qué interés puede tener este proceso para un intérprete, me dirán. Yo creo que mucho, porque el recorrido que hace el intérprete es exactamente el contrario al del compositor. No me refiero a hacer lo contrario de lo que la partitura dice, aunque ejemplos de eso tampoco faltan. Quiero decir que el intérprete se enfrenta a la partitura, que básicamente consiste (en general) en instrucciones para hacer música – duraciones, alturas, armonías – que necesariamente van a ser en algún aspecto incompletas, por más minuciosa y detallada que sea la partitura. La primera tarea entonces va a ser tratar de aprenderse todas esas instrucciones y ver qué sucede cuando se ejecutan. Y allí es inevitable que surja otro nivel, en el cual ya las instrucciones empiezan a cobrar sentido y a organizarse, inevitablemente, en unidades más grandes – frases, períodos, secciones, o la ausencia de ellas, pero una organización siempre se empezará a ver. Y si no hay, la vamos a encontrar igual, porque somos animales de significado. En esta segunda etapa, vamos a estar muy cerca de lo que significaría el borrador para el compositor; vamos a empezar a ver trazas de una organización más general, que le da sentido (o por lo menos dirección) a ese transcurrir estructurado del tiempo que es una obra. Si logramos sortear esa etapa con cierto éxito, y tenemos algo de suerte, podremos acceder al nivel siguiente, que es buscarle el sentido a esa organización. Y si logramos acceder a este nivel, estaremos en un lugar muy parecido a la idea original del compositor. No va a ser necesariamente “la idea” que el compositor tenía en mente, pero va a ser una idea rectora y muy útil a efectos de la interpretación.

Después de este juego de espejos, idea – borrador – partitura – borrador – idea, que constituye el primer eslabón de la cadena, necesitamos un eslabón más, y uno que no es trivial: conseguir comunicar de alguna manera esa idea al oyente, cerrando así la cadena de trasmisión. O al menos intentarlo. Puede llegar o no, por insuficiencias nuestras, o de los oyentes, o del destino fatal contra quien nadie la talla. Lo que sí puedo asegurar es que si no hicimos el trabajo anterior, las posibilidades de comunicar algo que no tenemos van a ser menos que ínfimas.

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